Es indudable que el mundo de lo digital nos aporta grandes beneficios: facilita las tareas del día a día, al simplificar los trámites burocráticos; permite realizar operaciones en cualquier momento del día, cualquiera que sea el sitio en el que nos encontremos; contratar viajes y hoteles sin movernos de casa; comprar online todo tipo de artículos; o cumplir con nuestras obligaciones ciudadanas para con la administración, sin tener que trasladarnos a la ventanilla correspondiente, en el horario habilitado para realizar las gestiones. Ventajas, todas ellas, de la transformación digital y la movilidad.

Pero, también, puede ser un entorno oscuro, hostil, peligroso e inseguro. El volumen de datos que circulan por las redes de todo el mundo cada minuto es ingente. Más de 4.500 millones de internautas interactúan de una u otra manera en escenarios virtuales. En 60 segundos, se visualizan más de 4,3 millones de vídeos en YouTube, o se envían más de 18 millones de mensajes a través de WhatsApp. La facilidad de uso que propician estos canales nos transforma en productores y receptores las 24 horas del día, generando y transfiriendo datos de manera constante, y aun compulsiva.

Y esos datos que facilitamos, en muchos casos de manera inconsciente, tienen un valor enorme; y lo que es más importante: son nuestros datos y son privados.

En el mundo físico, en general, prestamos una mayor atención a las relaciones que mantenemos con entidades públicas y privadas. Así, no facilitamos información de manera baladí o inconsciente. Identificamos a nuestro interlocutor y verificamos que realmente es quién dice ser; y, por su puesto, exigimos conocer cuál va a ser el fin que se dará a nuestros datos.

Nuestro comportamiento en el entorno virtual debería ser igual de previsor, pero rara vez lo es. Puede que, como comentamos, la facilidad de uso o la irreal sensación de anonimato nos convierta en usuarios insensatos, objetivo fácil de ciberdelincuentes.

Para ello, afortunadamente, la tecnología nos echa una mano. Cómo de grave sería que realizásemos una transferencia a un banco distinto al previsto: calculen ustedes mismos las consecuencias.

El código SWIFT (Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication), también denominado código BIC (Bank Identifier Code), nos permite identificar el banco receptor de una transferencia, con probada seguridad, evitando errores y costes no deseados.

Cuenta con entre 8 y 11 caracteres alfanuméricos. Los cuatro primeros, permiten identificar al banco; los dos siguientes, definen el país del que es original -en España, ES-; a continuación, otros dos representan la ciudad en la que opera; por último, tres dígitos más permiten identificar la oficina bancaria.

El código SWIFT es imprescindible en operaciones de pago o transferencia que se realicen con cuentas ubicadas en otros países, y su uso es obligatorio.

Este tipo de mecanismos están pensados como soluciones que confieren seguridad en el entorno digital. Forman parte de los procesos de identificación electrónica y son clave en la contratación digital.